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sábado, 21 de abril de 2012

El miedo. Y el asco.



Te pide que le repitas de nuevo eso de que todos pueden tener una buena vida; los viejos, los feos, los que no se integran; los huérfanos, los inválidos, los que no tienen nada que vender. Los inteligentes, los abandonados, los gordos. Le dices  claro que sí, pero sabes que es mentira y que, en realidad, todo será un romper contra la nada. Vendedora de esperanza.  


Al final ha dejado de escuchar tus palabras porque palabras tiene cualquiera y, con suficiente tiempo y experiencia, las palabras de aliento dejan de tener efecto. Vendedora de nada. Por el camino de los egoístas, los que se presentan a si mismos como la última redención, los verdaderos, los que ocultan en su interior toda la vulgaridad envuelta en las mentiras que se dicen, a si mismos, para no verse reflejados en la nada que en realidad poseen. 


Se levanta una mañana con la sensación de que, en la noche, ha tomado una decisión que no es tal, porque no implica acción ninguna. Dejarse llevar. Y se encuentra observando sin desaliento ninguno la estupidez con la que engalanan su vida los que creen que van a parte alguna. Un perder su tiempo y el de los demás para mantenerse entretenidos en la mentira que es creer. 


Destruir, como sea, al  que te enfrenta a la verdad. Encubrir, como sea, cualquier atisbo de verdad. Emborrachar la soledad intrínseca con cerveza y con risas. Fingir amor. Mentir. 



viernes, 6 de abril de 2012

Hyperballad






Con las manos atadas a la espalda, atadas a la espalda. Con la mente libre a cien por hora, a cien mil kilómetros por hora, rastregando los brazos contra las paredes, contra las ideas, contra ti si hace falta. Contra ti estaría la mar de bien. Con las manos atadas a la espalda.




Me dejo caer hasta el suelo, porque yo quiero. Ya subiré otra vez. Sé lo habla, sé lo que dice, hasta aquí todo fueron juegos, preparativos, preliminares. Sé de lo que habla, me rebelo, rujo y me rebelo. Hago mohines contra el espejo, el espejo que distorsiona las imágenes de lo que ha sido, está roto en el suelo. Me va a dar igual. Con las manos atadas a la espalda  ahora también puedo avanzar.




Hay una arboleda en el espacio infinito que bordea las dos de la mañana, a donde van a parar los sueños inmaculados, los que nunca definiste con palabras, los escondidos, los que el mal hacer del aprender no ha podido mancillar, los ni siquiera te atreviste a mirar de frente, a ponerles nombre, los que tu mente no podía siquiera preveer. Espejos de carne. Los sueños que sólo puedes conocer cuando has perdido el miedo, el miedo que se pierde cuando has tenido todo el miedo del mundo. Del mundo mundial. Todo para ti. El miedo, los hilos finos  -sí, a veces son hilos rojos- unidos en una soga gruesa, a tu espalda, las manos atadas a la espalda, corriendo entre la arboleda.




A las dos de la mañana.




Sé de lo que habla. Estoy oyendo su voz. Entre la arboleda. Hacia la arboleda.







viernes, 23 de marzo de 2012

Página 5

Hicimos el amor bajo los pinos y en la playa y disfrutamos de todas esas cosas que se suponen hermosas del amor enloquecido, y romántico, como dos borrachos de absenta mecidos por la inconsciencia;y atufados de hormonas, de las buenas, de las que no te dejan pensar y gana alguna que tienes, y el recuerdo de esos días y la rememoración continua y el repetir los mismos actos en diferentes escenarios nos tuvieron entretenidos, como niños, los siguientes 4 años, hasta que, un día, la realidad hizo mella y no hubo rememoración  ni fantasía ninguna que permitiera engañar a nuestras tripas. Así fue entonces cuando la decisión fue consciente, cuando nada vino dado, cuando dieron un paso al frente, los valientes.Tú y yo.Donde los demás se pierden, sentimos orgullo de sobrios, sobrevivimos la resaca de lo que viene sin esfuerzo y fácilmente.

sábado, 11 de febrero de 2012

¡Hay que obsesionarse y seguir obsesionado, Iowa Bob! Cómete un plátano.



First play, luego lee.

Me gustaría encontrar una manera bonita de escupir esta historia. Hermosear los recuerdos hasta conseguir que las idas y venidas, que los altos y bajos, la rugosa textura conformada por mis equivocaciones, mis miedos y tus deseos a destiempo se convirtieran en una historia rosa de Collín Tellado. Una en la que hubiéramos hecho el amor como cochinos sobre la arena de la playa bajo la colina de tu casa, la misma noche que malgastamos observando en la penumbra como los narcos descargaban fardos sin pudor ninguno. 

Sobre la arena. Con mis dientes castañeteando y tus ganas tan palpalbles que también sonaban. 

Me gustaría decir que no fui consciente del momento en el que momento pasaba, ese instante mágico y tan poco lúcido en el que las hormonas todo lo nublan y todo es posible. Pero eso también lo dejamos pasar. Es fácil verlo tan claramente ahora. Y, después de aquello, sólo podíamos ser conocidos, aunque me amaras mucho y me amaras de verdad. Aunque insistieras. Aunque el contacto de tus dedos sobre mi muñeca me deshiciera las bragas. A partir de ese momento que no fue momento, donde podía haber habido luces y besos y dulces, yo sólo podía ver el peligro.


Sobre tu cama, la noche que enfermaste con paperas y te despertase alucinando. Tu frente ardiendo apoyada en mi barriga mientras vestía como podía tu cuerpo enorme para llevarte a urgencias. Darte papillas de Maicena y aguantar tus quejas, una semana entera, mientras el sol nos hacía rabiar a través de las ventanas  abiertas. 


Me gustaría decir que supe en el momento preciso que abandonaste este mundo, que toda mi existencia se paró mágicamente y que mi respiración se hizo pesada con la certeza de que no estabas, de que ya no estabas más. Y de que yo no estaba contigo. Pero no sería cierto. Mientras tu corazón de cabrón redomado daba el último latido yo estaba en casa, comiendo fabada asturiana de bote y escribiendo, o leyendo, o haciendo cualquiera de las bobadas imbéciles en las que malgasto mi tiempo. Y ni siquiera puedo decir que me enterara inmediatamente. Nadie vino hasta mi casa corriendo. Creo que, incluso, me acosté esa noche, tranquila, en mi cama, mientras tu puto cuerpo se enfriaba en otro sitio. No hubo alivio. Yo no era nadie una vez que tú te habías ido. Cuando me enteré nadie pareció percatarse de que se me paraba el corazón del todo, de que se me iban a enfriar las entrañas hasta un punto en que conseguir respirar iba a ser un esfuerzo consciente durante los próximos 10 años. 



Las tumbas son sitios tan raros, ¿ qué significan? ¿ Está tu cuerpo tostado y lleno de pecas de verdad bajo esa lápida, allí solo, enterrado? Alguien había esparcido, año tras año, arena negra de tu playa a los pies de ese sitio absurdo y en el frío castellano, he enterrado mis dedos en la playa que no existe, en la memoria que no fue y en tu pelo húmedo de agua salada. Nunca debería haber ido a ese sitio. 


No sé por qué, la sensación de pérdida, que fue un dolor físico durante tanto tiempo, se ha convertido por arte de birlibirloque en ganas de ver como serían  tus ojos, las patas de gallo que nunca tuviste, y la memoria de los besos que nunca me diste porque yo nunca pude ver el futuro tan lejos. Me miras desde las polaroid enterradas entre libros que han sobrevivido, pero no te reconozco. En mi cabeza, ahora realmente  tienes 40 años, y sigues en la playa, y me coges de la mano y el coche de tu primo bajo la lluvia fría y  hecho un desastre nunca ha existido. 



Me gustaría entender por qué la cabeza hace lo que la da la gana, cuando la da la gana y no se ocupa de darme un respiro. 



lunes, 16 de enero de 2012

Coca Cola y cigarrillos ( Ver a un Hombre Adulto Llorar/ Ahora verlo Morir*)





Tenía un dedo apoyado sobre su sien, un dedarro enorme, un mazacote de carne con la piel alrededor de la uña gruesa como la cáscara de una naranja, y es fascinante en las cosas que se fija una cuando el cuerpo debería estar en estado de alerta -correr o morir- y todo es más bien atención al detalle y el juego de brillos y luces sobre la piel aceitosa de su cara, los poros como cráteres a 6 centímetros escasos de mi cara, y una aureola dorada sobre su coronilla, el resto del mundo enmarcado en negro, un negro vivo y aterciopelado. No sé como coños he adquirido de repente tanta perspectiva, ojitos de mosca que lo ven todo en 360  grados de perspectiva.  La ira -la suya- vuelve su imagen borrosa y palpitante, como en un efecto cinematográfico, y me pregunto si en realidad no se estará produciendo una reacción hexógena y real a nivel atómico a su alrededor, como la gamba minúscula aquella que bate la cola y produce una fisión del agua del mar instantánea. Menuda manera de matar. Ñam.  Tengo los bornes de las emociones desconectados para siempre. La hostia va a ser histórica. Y es siempre sorprendente.


“You have to get away from them. You have to get as far away as you can otherwise they'll kill you with their lives. They don't know what they do. They are careless with themselves and they take too much for granted. They make their shortcomings your problem. The only way to keep your head above it and heal your wounds is to crawl away.” 
* Henry Rollins, Black Coffee Blues



lunes, 17 de octubre de 2011

It's Free

A final, lo único que trasciende es lo que dejamos atrás. Si los recuerdos son subjetivos, manipulables, incluso dependen del estado de ánimo de quien los atesora: ¿ Qué somos, en realidad, si no dejamos nada al irnos? ¿ Cómo podemos demostrar que existimos, que aprovechamos un tiempo que nunca fue nuestro, que no nos perteneció?

Los padres, los grandes hacedores de recuerdos, no son ni siquiera conscientes, las más de las veces, del legado inconsistente que no dejan. Los que no somos padres, porque no nos da la gana mayormente, tiramos de imágenes vívidas en nuestras mentes y de fotografías y vídeos para conseguir rescatar del olvido las sensaciones sobre la piel que vivimos. Pero Windows se sigue choscando, las neuronas se siguen quemando, las casas y las calles cambian, los paisajes que nos contuvieron dejan muchas veces de existir, y nuestro paso por el mundo se va diluyendo, no tanto para los demás como para nosotros mismos. Aún no ha llegado el momento en que nos miremos al espejo y sepamos sin lugar a dudas que cosa puñetera eres y quieres ser, que quiere hacer el bicho raro con pulgares oponibles que nos mira desafiante y algo asustado, cuando las huellas de nuestros primeros pasos en el mundo han quedado  ya arrastradas como el polvo por un nuevo centro comercial y nuestra memoria borrada de los recuerdos de los que fueron en un tiempo nuestros más mejores y queridos amigos. 


¿ Qué nos queda que demuestre tanto dolor, tanto olvido, las risas solitarias y compartidas, la frustración y la rabia, los orgasmos y los besos? ¿ Podrá una hipoteca a 50 años llenarse de las señales inequívocas de la presencia de la vida plena y vivida de un ser humano perdido o se convertirá nuestra casa en un piso más cerrado cuando nos hayamos ido? ¿ O serán tal vez las  pilas de vinilos y de libros, mis camisetas rockeras y mi colección de dragones objetos por los que merezca la pena recordar el humano lamentable que he sido? 


Las personas que hemos querido nos miran con ojos muertos desde las fotografías y los aromas que nos evocan abren agujeros de gusano instantáneos y breves por los que transitar hasta el pasado, hasta lugares que podemos volver a mirar de reojo, algo borrosos, pero que permanecerán intocables, impalpables, invivilbles de nuevo por siempre jamás. Las palabras prevalecen. Sólo las palabras consiguen hacer justicia a las cosas que han sido.




*A Man Without a Country’ by Kurt Vonnegut