Please, bitch!, las últimas noticias que tenemos sobre lo que hay al otro lado nos las proporcionó Jonás. Ya va siendo hora de actualizar un poco los datos.
Bien es cierto, lo de Jonás era una amable ballena come personajes bíblicos; lo mío es un tiburón.
Acaricio con un pie descalzo el polvo del suelo de terrazo del balcón y miro el peatón verde parpadear en el semáforo a 100 metros de aquí. Plick, plick, plick, plick. En absoluto silencio. Un borracho pasa y la brisa suave sopla entre los dedos de mis manos. Entre los dedos de mis manos.
Por las olas verdes y cargadas de arena entre los dedos de mis manos, las páginas de libros que amarillean cerrados y que no puedo leer. Oler. Los trenes que, de dos golpes secos, comienzan su viaje nocturno en este preciso momento sin moverse de su sitio, viendo el paisaje gris noche cerrada y amarillo lámpara de sodio correr. Los viajes que no podré hacer. Los viajes que no podré hacer. Las conversaciones perdidas en universos paralelos donde todo es aprender, donde todo es aprender, donde todo es saber y soñar con saber y apoyar la cabeza en la almohada y soñar con, al día siguiente, volver a aprender. Por las sobremesas entre los árboles perdidas, por las hormigas dibujando arabescos de pequeños granos de arena bordeando las chanclas amarillas bajo el sol que no puedo sentir. Por las almohadas frescas y los desayunos de terraza de hotel. Por avanzar y caer y volver a avanzar y crear y saber. Por las olas verdes y cargadas de arena, hacia las olas azules y profundas y dormir.
No sé bien como la conversación, que tenía perfectamente encaminada a un fin único -el sexo- acabó deviniendo en la lucha contra la tentación y el sufrimiento. Es curioso, siempre son los que se quejan de la superficialidad que les rodea, los que atesoran la verdad que nos va a librar a la raza humana de esta decadencia en cuesta abajo que es la perpetua búsqueda del placer inmediato, los mismos, digo, que lo saben todo sobre el placer y sobre el dolor, los que sabes a buen seguro que, con un mínimo esfuerzo por tu parte, van a caer en tus garras a poco que te esfuerces. Los reprimidos, los conocedores de todas las consignas. Los que tienen más miedo.
La búsqueda del placer inmediato.
La huida del esfuerzo y el dolor.
Me pregunto si estarán igual que ahora mismo estoy yo, en sus casas con todas las luces encendidas, con el mp3 tronando o con la televisión de fondo, tal vez rodeados de personas o tal vez arropados por la nada, agazapados ante la pantalla azulada, convencidos de que están haciendo todo lo necesario para alcanzar la meta única que es ser feliz, a través de no pensar nunca más nada, y de repetir lo mismo que han oído tantas veces sobre qué es lo que hay que hacer, decir, pensar y ser.
Es muy tonto imaginarse a uno mismo único. Si yo tengo hambre, si quiero sexo, si tengo ganas de asomarme a la ventana y gritar hijo de puta, si no sé muy bien lo que estoy haciendo, a dónde me encamino, todos estamos igual. Lo malo de que te digan mil veces que algo es malo para que no lo pruebes es que, antes o después, reprimes la necesidad de probarlo, te convences de que la idea siempre ha sido tuya y de que el que se lanza hacia delante es raro. Te convences y te lo crees aunque eso suponga cortarte en trozos y enterrarlos y no verlos e inventarte un nuevo tú más acorde con lo que un tú debe ser para ser tú.
Hay que ser feliz, o esforzarse en serlo. Pero el camino trillado es único. Por el camino, que no es tuyo, que te lo han robado, hay que hacer las mismas cosas que los demás han hecho, hay que tener la misma expresión en la cara y llevar la misma ropa. Dime ahora, si eso es cierto, ¿por qué los que fueron antes que tú se han muerto con la misma expresión de desazón y con el mismo discurso de desaliento?
No conozco ni un solo placer que no me haya venido envuelto en dolor, ni una sola equivocación garrafal que no escondiera una lección tan precisa, tan hermosa, tan cristalina y dolorosa, que no me haya definido para siempre y no me haya hecho lo que ahora soy. El dolor es lo único preciso, es lo único real, el dolor es lo único que hace que la belleza nos lo parezca por contraste, el dolor es la carretera por la que transita la vía oculta que conduce a lo que deseas, es el revulsivo. Sé feliz si quieres serlo. Pero no creas que puedes alcanzar felicidad ninguna a través de felicidad ninguna. La felicidad es sólo ausencia de sufrimiento.
Se apostó entre las sombras, en calma. Paciencia infinita que duró años. Se comió las ganas y las lágrimas, se alimentó a base de imaginar la misma escena una otra vez. Se desprendió de todo lo superfluo, de todo lo que no estuviera encaminado a un mismo objetivo. A base de morderse los carrillos por dentro de la boca, perdió la capacidad de dolor. La punta de la lengua la recordaba, al tocar la llaga en carne viva, que había un bien superior más allá de olvidar, de estar relajada, de avanzar. Triunfar y vivir era la mejor venganza. Así pues vivió, con el automático puesto para siempre hasta que el automático se convirtió en lo espontáneo y lo espontáneo murió. Hasta que el disfraz que le apretaba, que no era ella y le iba demasiado ajustado se confundió con lo que ella era y dejó. El recuerdo de por qué todo aquello al final se fue extinguiendo, a base de reprimir el pensamiento y lo que había anhelado, deseado, lo que había respirado y vivido antes quedó en el olvido y dejó de ser importante.
Simplemente esperó. Cuando esperar es lo más difícil que se pueda imaginar.
Cuando al final el día llegó, el automático -perfectamente engrasado y entrenado- se hizo con la situación y las palabras precisas surgieron de sus labios helados sin pensar siquiera. Sin miedo, sin preocupación, sin dudas morales. Disparar y matar. La venganza total no es un plato que se sirve frío, es el infierno congelado, es el espacio exterior sin aire, es dejar de respirar por un momento y para siempre y disfrutar del latido angustiado que se ha parado en la vena de tu frente. Es el vacío. Es el placer infinito. Es que se te encojan las entrañas en el orgasmo intelectual más exquisito. Golpear y rematar. Es no pensar nunca, nunca más.
Lamer el filo de la navaja que tú misma has construido, fundida con las esquirlas partidas que un día quedaron de ti. Y la vida, mientras tanto, avanza. Es posible que, en el camino, no puedas recuperar jamás las cosas que has perdido pero, a quién le importan si el sacrificio que hiciste te ha cambiado tanto por dentro que no notarías la perdida aunque te dieras de bruces con ella. Sí, la vida continua, vale, es cierto. Pero en esta vida hoy hay uno menos. Y en vez de lamentase y preguntarse que hubiera pasado si no nos hubieran dañado, si una que era bastante imbécil no se hubiera topado con un agujero negro -por una vez- te has vengado. Te has vengado de verdad. Y la venganza no es un plato que sepa nada, nada mal.
Cuando las victimas se convierten en verdugos es cuando el mundo puede de nuevo girar.
Tengo una caja donde guardo todas las cosas que son tan grandes que apenas puedo creer que hayan salido de mi, you just need to be proud of yourself ( Henry Rollins/ Bruce Springsteen mode). Son tan pequeñas, tan brillantes, tan hermosas, todos esos logros personales inalcanzables alcanzados finalmente aunque sólo haya sido una vez: Conducir en soledad absoluta por la carretera más hermosa, solitaria y larga que uno pueda conocer, que las 8 y media de la mañana den en tu reloj a metro y medio bajo el agua azul y cristalina, hacer eso que siempre has visto a otros hacer, que siempre has querido hacer, que no sabías que fuera posible hacer...Heart in a box.
Podría tatuar en mi brazo un río ancho, sólo para nadar contra corriente en Él para siempre jamás, más no esta vez. ¿Qué me diferencia de cualquiera? Cualquier cosa mala que puedas decir de mi será verdad. Ya no tiene interés para mi.
En el budismo, aprendes rápido que la fuente de todo el sufrimiento no es la carencia, sino la esperanza. El que espera desespera, no hay más que dejar de esperar para empezar a dejar de sufrir. Qué pasaría si hemos elegido el camino equivocado, si la respuesta la tienen todos los que se han dejado, los que están ahora mismo acodados en la barra del bar, los que están viendo la tele, los que juegan a la consola, los que sólo beben cerveza que pagan con el trabajo que tienen para comprar cerveza que beben para soportar que tienen que ir a trabajar. Que pasa si lo que nos está machacando no es lo que nos está machacando, sino tener la estúpida idea de que nos va a dejar de machacar. Qué pasa si hay que dejar de esperar.
Paseo en el silencio atronador de los auriculares entre la noche y los personajes de la noche, los que fueron otrora mis compañeros, y busco en el espejo negro de los escaparates oscuros la diferencia entre mi imagen y la de todos aquellos a los que desprecio por el simple efecto de tener miedo a que se parezcan más de lo que creo a mi misma. Los momentos mágicos, las esperanzas realizadas ( la manifestación física de la imaginación más delirante) todo lo intangible que al tornarse palpable se desvanece en un segundo y pasa de ser un proyecto, en tu cabeza, a ser un recuerdo en tu memoria; todo aquello que vivió en la tierra apenas lo que dura un suspiro ( y un suspiro humano bien puede durar treinta años y dejarte en los labios el sabor de un beso fugaz y salado), tu triste y dolorido corazón en una caja, el torbellino de emociones que parecen nacer de la nada y que si logran manifestarse por fin en la nada acabarán de igual manera, puesto que nada dura para siempre y siempre es nada, ¿ pueden todos esos logros pequeñitos como la mano de un niño compensar todo esto?
Por qué vivir abocados hacia delante si hacia delante es inalcanzable y, las raras veces que se alcanza, nos deja estupefactos y tan trastornados que a duras penas podemos aprovecharlo. O disfrutarlo. Tal vez la respuesta a todas las preguntas sea tan sencilla como dejar de hacerlas, y lo que diferencia a la figura arropada hasta las cejas y con las esperanzas puestas en lo venidero que soy yo de todos los que se beben la noche y ya no esperan nada , como siempre han hecho, es que yo aún no me he dado cuenta de que no hay diferencia alguna. Y que no es tan bueno ni tan especial -ni por ende yo misma- creer que el que lucha es superior al que ha dejado de hacerlo o al que nunca ha sabido cómo o al que no lo ha intentado siquiera. Tal vez lo único que nos mantenga insomnes a estas alturas de la película no sea más que el eco de la música, bien alta, mintiendo una vez más. Tal vez lo que nos mantenga en pie sea creernos la mentira de que aún existe en nosotros esa diferencia.
A final, lo único que trasciende es lo que dejamos atrás. Si los recuerdos son subjetivos, manipulables, incluso dependen del estado de ánimo de quien los atesora: ¿ Qué somos, en realidad, si no dejamos nada al irnos? ¿ Cómo podemos demostrar que existimos, que aprovechamos un tiempo que nunca fue nuestro, que no nos perteneció?
Los padres, los grandes hacedores de recuerdos, no son ni siquiera conscientes, las más de las veces, del legado inconsistente que no dejan. Los que no somos padres, porque no nos da la gana mayormente, tiramos de imágenes vívidas en nuestras mentes y de fotografías y vídeos para conseguir rescatar del olvido las sensaciones sobre la piel que vivimos. Pero Windows se sigue choscando, las neuronas se siguen quemando, las casas y las calles cambian, los paisajes que nos contuvieron dejan muchas veces de existir, y nuestro paso por el mundo se va diluyendo, no tanto para los demás como para nosotros mismos. Aún no ha llegado el momento en que nos miremos al espejo y sepamos sin lugar a dudas que cosa puñetera eres y quieres ser, que quiere hacer el bicho raro con pulgares oponibles que nos mira desafiante y algo asustado, cuando las huellas de nuestros primeros pasos en el mundo han quedado ya arrastradas como el polvo por un nuevo centro comercial y nuestra memoria borrada de los recuerdos de los que fueron en un tiempo nuestros más mejores y queridos amigos.
¿ Qué nos queda que demuestre tanto dolor, tanto olvido, las risas solitarias y compartidas, la frustración y la rabia, los orgasmos y los besos? ¿ Podrá una hipoteca a 50 años llenarse de las señales inequívocas de la presencia de la vida plena y vivida de un ser humano perdido o se convertirá nuestra casa en un piso más cerrado cuando nos hayamos ido? ¿ O serán tal vez las pilas de vinilos y de libros, mis camisetas rockeras y mi colección de dragones objetos por los que merezca la pena recordar el humano lamentable que he sido?
Las personas que hemos querido nos miran con ojos muertos desde las fotografías y los aromas que nos evocan abren agujeros de gusano instantáneos y breves por los que transitar hasta el pasado, hasta lugares que podemos volver a mirar de reojo, algo borrosos, pero que permanecerán intocables, impalpables, invivilbles de nuevo por siempre jamás. Las palabras prevalecen. Sólo las palabras consiguen hacer justicia a las cosas que han sido.