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sábado, 21 de abril de 2012

El miedo. Y el asco.



Te pide que le repitas de nuevo eso de que todos pueden tener una buena vida; los viejos, los feos, los que no se integran; los huérfanos, los inválidos, los que no tienen nada que vender. Los inteligentes, los abandonados, los gordos. Le dices  claro que sí, pero sabes que es mentira y que, en realidad, todo será un romper contra la nada. Vendedora de esperanza.  


Al final ha dejado de escuchar tus palabras porque palabras tiene cualquiera y, con suficiente tiempo y experiencia, las palabras de aliento dejan de tener efecto. Vendedora de nada. Por el camino de los egoístas, los que se presentan a si mismos como la última redención, los verdaderos, los que ocultan en su interior toda la vulgaridad envuelta en las mentiras que se dicen, a si mismos, para no verse reflejados en la nada que en realidad poseen. 


Se levanta una mañana con la sensación de que, en la noche, ha tomado una decisión que no es tal, porque no implica acción ninguna. Dejarse llevar. Y se encuentra observando sin desaliento ninguno la estupidez con la que engalanan su vida los que creen que van a parte alguna. Un perder su tiempo y el de los demás para mantenerse entretenidos en la mentira que es creer. 


Destruir, como sea, al  que te enfrenta a la verdad. Encubrir, como sea, cualquier atisbo de verdad. Emborrachar la soledad intrínseca con cerveza y con risas. Fingir amor. Mentir. 



lunes, 26 de septiembre de 2011

Whatever prize there was I could only observe. Where does it end? How can I be cured before it ends?




Era, de todas las cosas malas, la peor que podría pasar. Se sentaba atenta y esperaba a que ocurriera la nada. Por la ventana, entraban cosas. Se sentaba, atenta, y esperaba todas las cosas que tenían que pasar, las que propiciaba, las que deseaba, por las que duramente trabajaba. Se sentaba.


Ese día, como todos, se sentó. Le miraba. Y sentía como, de apagar fuegos, dejaba de pensar en apagarlos y dejaba de ser, y dejaba de pensar. Se cogía las manos, apretadas, en el regazo, y hacía una súplica silenciosa a un ente inexistente. No pedía un cofre lleno de piedras preciosas, ni un anillo brillante,  una nueva encimera para la cocina, la verdad de todas las cosas, la paz eterna; se sentaba, le miraba, suplicaba muda. Le miraba. No pedía un ramo de rosas, ni una mirada suya que no estuviera colgada de un viga del techo, con tres facturas con los bordes rojos y una lista de la compra; una mirada rasposa de extraño y de conocido y de no me mires así. Que soy fea para ti. 

Ella se apretaba las manos y pedía a su ente invisible, misterioso y divergente (¡el del diente prominente, eh, tú, ente!) una palanca. Una palanca brillante y cromada, con 5 velocidades largas y tres cortas, luces de freno y un pomo con una calavera circunscrita en un anillo de llamas, atrapadas para siempre en metacrilato suave: Una palanca de control. De su vida, de su vida, de la suya, de la suya, de la suya de la suya de la suya de la suya de la suya ...

Una palanca, se sentaba. Se sentaba. Y, por la ventana,entraban cosas. Cosas que ella no tenía, ya no tenía, terrazas, con mesas y, sobre las mesas, vasos rubios de cerveza, ceniceros sin usar y gotas de sol atrapadas en gotas de agua atrapadas en superficies lisas que brillaban hasta su ventana y entraban, como cosas olvidadas, golpeaban. Y la brisa. 


Por la ventana.