Me siento ignorada. Y cachonda. Pero sobre todo ignorada. Luego me ha dado por pensar que a ver si, en realidad, me he convertido en una obsesa del sexo. La culpa la tiene Tumblr, no os engañéis, no es una plataforma para el intercambio de fotografías: Es un tablón de anuncios sexual, pero en bien. Tumblr gotea feromonas adolescentes y yo, que soy mucho de asomarme a cualquier movimiento colectivo que no requiera de mi ninguna acción activa y me permita un mucho de ser observadora de lo que sea, me zambullo en las procelosas aguas de la frustración sexual de medio planeta y nado cual privilegiada y envidiada cuarentañera bien casada y bien follada.
Qué ilusa, la señora polvo seguro.
La Primavera.
Luego me ha dado por pensar que, lo que ocurre, es que de tanto ir de provocativa libertina y sexual verbalmente liberada me he convertido en mi propio mito y en una caricatura de mi propio personaje. Con el espíritu práctico que me caracteriza, decidí hacer un estudio de campo que diera respuestas a las siguiente preguntas:
A/ ¿ Estoy obsesionada con el sexo o es que me aburro?
B/ Para la sociedad y a nivel sexual, ¿ hay realmente una gran diferencia entre los treinta y muchos y los cuarenta?
C/ Realmente, ¿cuánto me aguanta el cuerpo hoy en día?
La Semana Santa ha llegado y es el momento adecuado for goin' Racin' in the Street para reflexionar en voz alta sobre el sexo, en particular, sobre el mío.
En primer lugar, decido realizar una encuesta, silenciosa, sobre el apartado B para lo cual decido salir de Pequeño Barrio Obrero ( aquí el que no folla es porque no quiere, porque ganas hay a patadas) y trasladarme al centro, bastante ligera de ropa, pero sin exagerar, pertrechada por un libro, para dar sensación de intelectualidad y apartar el fantasma de la prostitución callejera ( yo qué sé, no mido mi fuerza ni mis capacidades ni nada) y lanzarme a ligar por la calle, a las 5 de la tarde, a ver que pasa.
¿ Y qué es lo que pasa? Nada. No pasa nada. Porque un factor con el que no había contado es el de mi xenofilía sexual: No me ponen nada los españoles. De verdad que lo intento, pero es que no puedo. Mi adolescencia fue un sufrir por este tema: ¿ me das un besito? Sí, pero que conste que te lo doy con un poco de repugnancia, porque eres muy moreno y muy peludo y...bajito y, puf. Señor, llévame pronto. A los países bajos a ser posible.
Tras dos horas por la calle, consigo un rozón en un talón, gastarme 30 euros no presupuestados, ligar sin proponérmelo con dos lesbianas ( no, el experimento era meramente heterosexual en este caso) y darme cuenta de que estoy rodeada de feos. Sí, feos. Eso me hace sufrir.
Cuando de repente y justo en el momento en el que me había dado por vencida, aparece por la esquina una cabeza gengibre acompañada del resto de mobiliario que viene de serie en los tíos macizos - bultos por todas partes- y, por pedir que no quede, ¡encima sabe vestir!. Le miro. No, no me estoy explicando, me lo como con la vista. Le lamo mentalmente y pongo cara de lo mismo ( que suerte no verme a mi misma) Me mira. Pone cara de lo mismo. No de mirarme, sino de sentirse lamido y agradarle y de darme lo mío. Sí, lo sé. Un sólo espécimen NO sirve para un estudio de campo, pero ¡ qué narices!, que tengo cuarenta. Sirve para hacerme feliz. Me voy a casa tan contenta. Con que poco se conforman algunas, amigos.
Segunda parte del experimento: Apartados A y C. Las Olimpiadas del Sexo. Me propongo echar seis polvos en dos días, con lo que espero:
1. Qué se me quite el espíritu primaveral por una temporada.
2. Comprobar si lo mucho cansa. ( yo qué sé, llevo 15 años casada. Dejadme)
3. Ver si se me llena el ojo antes que la calabaza. Seis polvos, qué bien. Y luego al segundo te apetece más ver la teletienda, vete tu a saber.
Por supuesto, y en previsión de que el interesado que va a poner la parte contratante salga huyendo de ejercicios espirituales al sofá de un amigo, no le hago partícipe de mis intenciones. Más bien, ladinamente, me aposto por las esquinas. No es necesario que entre en detalles. Cuando me impongo un objetivo, lo cumplo. Cueste lo que cueste. Las conclusiones son las siguientes:
Primera: Una cuarentañera es, básicamente, invisible. A no ser que enseñe teta. Entonces como si tiene quince.
Segunda: Si a los veinte echas una mirada provocativa a alguien por la calle eres un zorrón y te miran como tal. A los cuarenta, si echas una mirada provocativa el interesado se lo piensa. Mucho. Por cierto, el interesado no tenía más de 25. ( Qué sí, joder, que un sólo espécimen no sirve para una encuesta. Y a mi qué. Qué me dejéis he dicho)
Tercera: Tengo que incluir más vitamina K en la dieta. Tengo moratones.
Cuarta: No pesan los kilos. Pesan los años. Jamás pensé que tendría que parar en medio del sexo para labores de avituallamiento.
Quinta: Sigo con las mismas ganas de sexo. ¿ Esto con la edad va a más? En serio. Mal pero mal pero mal de mal.
Sexta y última: Si vas a organizar unas Olimpiadas del Sexo, avisa. No es que le tenga enfadado precisamente, pero estoy en la cama sola comiendo galletas. No sé que pensar de esto. Creo que me voy a sumergir en Tumblr un rato.


