sábado, 21 de abril de 2012
El miedo. Y el asco.
Te pide que le repitas de nuevo eso de que todos pueden tener una buena vida; los viejos, los feos, los que no se integran; los huérfanos, los inválidos, los que no tienen nada que vender. Los inteligentes, los abandonados, los gordos. Le dices claro que sí, pero sabes que es mentira y que, en realidad, todo será un romper contra la nada. Vendedora de esperanza.
Al final ha dejado de escuchar tus palabras porque palabras tiene cualquiera y, con suficiente tiempo y experiencia, las palabras de aliento dejan de tener efecto. Vendedora de nada. Por el camino de los egoístas, los que se presentan a si mismos como la última redención, los verdaderos, los que ocultan en su interior toda la vulgaridad envuelta en las mentiras que se dicen, a si mismos, para no verse reflejados en la nada que en realidad poseen.
Se levanta una mañana con la sensación de que, en la noche, ha tomado una decisión que no es tal, porque no implica acción ninguna. Dejarse llevar. Y se encuentra observando sin desaliento ninguno la estupidez con la que engalanan su vida los que creen que van a parte alguna. Un perder su tiempo y el de los demás para mantenerse entretenidos en la mentira que es creer.
Destruir, como sea, al que te enfrenta a la verdad. Encubrir, como sea, cualquier atisbo de verdad. Emborrachar la soledad intrínseca con cerveza y con risas. Fingir amor. Mentir.
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